Treinta segundos

“Cuevabonita” es un lugar mítico que tiene referencias en la cultura oriental y que en el contexto local colombiano tiene una connotación especial en el municipio de Yarumal (Antioquia), donde existe una leyenda asociada a una extraña gruta situada en lo alto de Morro Azul y sobre la cual se tejen historias de tesoros y personas encantadas.

Pero, como según teorías neorolingüísticas y estudios contemporáneos, tengo menos de treinta segundos de tu atención, quiero que sepas, lector cómplice, que esta versión de Cuevabonita es un espacio para compartir:

  • Comentarios sobre textos literarios
  • Párrafos y fragmentos de textos propios
  • Entrevistas y apuntes de viaje
  • Artículos de interés sobre arte y literatura

Lo demás serán, tal vez, divagaciones, comentarios a los comentarios, divergencias, réplicas o, en todo caso, conversaciones alrededor de la ficción y la utopía, como realizaciones supremas del ser humano.

Bienvenido, pues, a Cuevabonita, lugar de fantasías y ficciones, que es como estar en casa.

GLGM

 

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Barreira do inferno

Siempre tuve una idea romanticona y medio edénica de Brasil, no la de un infierno dormido entre el sol y la arena. Debió ser la voz melosa de Roberto Carlos, de Maria Betania o del gran Caetano; tal vez, las telenovelas que hablaban de un país clasista, donde la Religión, con mayúscula, mueve verdaderas multitudes. En ello también influyeron libros como Gran serton veredas de Guimaraes Rosa y los cuentos de Clarice Lispector o Machado de Asís, que me permitieron construir un Brasil muy íntimo, de personas más que de lugares. 

Hoy, luego de dos semanas en ese territorio inmenso y, tal vez para mi fortuna, hastiado de euforia por la reciente Copa América, tengo una sensación de ambigüedad y un sinsabor en el cual, si bien mi pasaporte tiene un par de sellos con la leyenda “POLICÍA FEDERAL – BRASIL”, aún no puedo decir que conozco mayor cosa de ese país

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Me pasé toda la noche buscando una palabra, la justa, la precisa, hasta que la encontré; creo que me estoy volviendo escritor.

Leon Trotsky

La boda del maestro

Paolo_Veronese_008

La sala parecía yacer en penumbras, pero la luz del alba titubeaba en las ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comenzó a bruñir los marcos dorados. Y allí estaba yo, un colombiano con formación cultural promedio, que si mucho había visto un par de exposiciones mediocres en bibliotecas públicas. Uno de los que siempre miraba con curiosidad las vidrierías y marqueterías, pero sin ningún interés especial por la pintura o el arte, solo un reflejo de influencia materna por lo «bonito». Era tan solo un «venido a más», como decía mi tía Elvia para jactarse de que sus hijos eran los únicos en la familia con un título profesional.

El hecho era que allí estaba, después de casi seis años en Madrid, humillándome ante cualquier españolete de mierda que quisiera restregarme en el rostro que aunque los tatarabuelos de mis abuelos los hubiesen sacado de Colombia con el rabo entre las patas, España seguía siendo la Madre Patria. Y a la madre −sentía que me decían cuando al final de cada jornada me tiraban los billetes con desprecio−; la madre, así sea la ramera más miserable, se le respeta.

De tantas cosas bellas y curiosas como exhibía ese templo llamado Louvre, ninguna me atrajo y me sedujo tanto como el lienzo gigante de las Bodas de Caná. Ni siquiera la Venus de Milo, el código Hammurabi o cuando me encontré frente a frente con la dama de la misteriosa sonrisa que aparece hasta en la Coca-cola. Ahora que lo pienso, lo que quiero contarte empezó en el momento preciso en el que yo vacilaba entre la mirada fisgona, militar, de la vigilante y los ojos juguetones de la Gioconda. Todo empezó como un murmullo de voces, de cuchicheos que se desataron a mis espaldas. «Otra vez los francesitos de pacotilla», pensé, creyendo que era un grupo de estudiantes con los que me había encontrado en la entrada al museo. Pero cuando volteé a mirar no había nadie. Claro que decir nadie es casi una falacia si se tiene en cuenta que el lienzo tiene un tamaño impresionante, de siete metros de alto por diez metros de ancho, y la escena la conforman por lo menos unas ciento treinta personas. Con tales dimensiones, es el más imponente de los cuadros de las colecciones nacionales francesas, y en todo caso, las del Louvre, según leí después en un libro muy bello.

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Canto del camino abierto (Walt Whitman)

Caminar por la playa

1

Afoot and light-hearted I take to the open road,
Healthy, free, the world before me,
The long brown path before me leading wherever I choose.

Henceforth I ask not good-fortune, I myself am good-fortune,
Henceforth I whimper no more, postpone no more, need nothing,
Done with indoor complaints, libraries, querulous criticisms,
Strong and content I travel the open road.

The earth, that is sufficient,
I do not want the constellations any nearer,
I know they are very well where they are,
I know they suffice for those who belong to them.

(Still here I carry my old delicious burdens,
I carry them, men and women, I carry them with me wherever I go,
I swear it is impossible for me to get rid of them,
I am fill’d with them, and I will fill them in return.)

1

A pie y de buen humor tomo el camino abierto,
Saludable…

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Leyenda cincelada por un orfebre

Muy cerca de la cresta oriental de morro Azul abre Cuevabonita sus fauces de gruta de cuento fantástico. Es una formación natural rematada por un peñasco cubierto de líquenes grises. Dada la estrechez de la boca, es prácticamente imposible acceder, a menos que se sea comadreja o serpiente. Se dice que las tres o cuatro cámaras que se ahuecan en la montaña albergan enjambres de murciélagos, y que hay muy poco oxígeno, así como un diapasón de aguas glaciales. A comienzos del siglo XX, aun cuando las madres yarumaleñas prohibían terminantemente a sus críos que se acercaran a la piedra maldita, su sombra era punto obligado de paseo para las gentes de campanillas que, mientras preparaban el algo, disfrutaban de la maravillosa panorámica. En medio de sus humedades hasta llegó a morar durante algo más de un mes un mendigo a quien llamaban Muertoparao. Hoy todo esto es historia antigua: debido a la espesa vegetación, Cuevabonita ya no se alcanza a apreciar desde el pueblo, y se rumora que los únicos que la frecuentan son amantes furtivos y aspiradores de yerbas alucinógenas.

Pero el encanto de Cuevabonita no se limita a ser, o haber sido, un simple lugar de meriendas. Como se sabe, las grutas en general desempeñan un notorio papel en la vida y la imaginación de los pueblos orientales, quizá porque su oscuridad y su misterio se hallan a medio camino entre el útero y la bóveda de las estrellas.

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Introito

Bajo la tutela del positivismo de Auguste Compte, el siglo XIX presenció la consolidación de varios prototipos ya presentidos en la antigüedad y el Renacimiento: la mujer que se rebela contra su confinamiento patriarcal en el gineceo (Carmen, Nora Helmer, Ana Karénina); el sueño prometeico de otorgar vida artificial (Copelia, Frankenstein, Pinocho); por su parte, la personalidad escindida (Doctor Jekill y Mr. Hyde) tiene, entre sus precedentes, el símil del Hermafrodita de Platón, Heracles vestido de mujer y ejecutando labores femeniles por orden de la reina Onfalia, y, en vísperas del Renacimiento, la doble vida de Gilles de Rais, esforzado guerrero de la gesta de Juana de Arco y brutal violador y asesino en serie de niños.

Las reivindicaciones de las minorías al promediarse el siglo XX han hecho caer en la obsolescencia las obras literarias de carácter feminista, y las aspiraciones de dar vida a seres inanimados han sido opacadas por los permanentes descubrimientos de la robótica. Los trastornos de la personalidad, por el contrario, han adquirido nuevos bríos a raíz del estrés de la vida urbana y la disolución de la familia tradicional, de suerte que es cada vez mayor el número de pacientes que acuden al sillón del psicoanalista y a los tratamientos químicos para recuperar siquiera en parte la cordura. Por si fuera poco, el auge de los cómics surgidos en el primer tercio del siglo pasado en Norteamérica, entre cuyo número destacan Supermán, Batman, la Mujer Maravilla, el Hombre Araña y otros seres aparentemente superiores pero profundamente anómalos, ha exaltado la doble personalidad como un valor digno de admiración e imitación. No es este el lugar para examinar a fondo las consecuencias en la psique infantil (y por ende, en nuestra sociedad) de esta mitología contemporánea aparentemente inofensiva. Pero cabe anotar que es la reducción al absurdo de una tendencia de la naturaleza humana, sintetizada en la frase coloquial “candil de la calle, oscuridad de la casa”, que pone de manifiesto la doblez del comportamiento de muchas personas. Doblez que, por otra parte, ya había puesto de manifiesto, de manera magistral, El Diablo cojuelo, novela de la otra vida traducida a esta por Luis Vélez de Guevara, una de las obras más irreverentes y subversivas de la literatura española, que si los familiares del Santo Oficio hubieran comprendido a cabalidad, sin duda la habrían quemado en la misma hoguera que a su autor. El diablo indiscreto lleva por los aires al protagonista de carne y hueso y levanta los tejados de Madrid como si del epitelio de una pintura de Dalí se tratara, y pone al desnudo las lacras de los personajes más distinguidos y venerados de la alta sociedad.

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La muchacha que baila sobre las piedras

La muchacha en la terraza

Entre las innumerables fuentes en las que bebe la literatura, el relato bíblico es, quizá, uno de los más recurrentes, pues a lo largo de la historia nos ha permitido conocer y reconocer desde diferentes puntos de vista la riqueza argumental de muchas de las historias que se tejen alrededor de un testamento que aún se mueve entre lo nuevo y lo viejo, entre lo humano y lo divino, o entre la ira y el perdón.

Desde esta perspectiva, el relato “Herodías” de Gustave Flaubert es una recreación literaria de uno de los hechos fundacionales del discurso cristiano en la narrativa bíblica, toda vez que describe la connotación sociopolítica de la obra de Juan el Bautista, profeta que antecede el ascenso de Jesús y su relación con lo que simultáneamente sería el surgimiento del cristianismo y el declive del imperio romano. Pero, más allá de la dimensión religiosa y política que da contexto al relato, es indudable que “Herodías” constituye un eslabón importante en la obra de Flaubert, no solo por su cercanía con “San Julián el Hospitalario” y “Un corazón sencillo”, que dieron lugar a ese conjunto que hoy conocemos como los relatos de Flaubert, sino porque condensa uno de los rasgos fundamentales del estilo del autor francés y, diríase también, de la gran literatura, y no es otro que mantener el hilo de una narración en la que aparentemente no pasaba nada, pero bajo la cual subyace una segunda historia: la más fuerte, la historia real o, por lo menos, la que al final estremece al lector.

Según referencias bibliográficas, “Herodías” es un relato escrito por Flaubert entre 1875 y 1877, cuya publicación más reconocida en castellano se dio en 1980 por la editorial Bruguera. Es un relato extenso, de aproximadamente 120 cuartillas, que desde el punto de vista estructural se desarrolla en tres partes o momentos. Esta fragmentación da la idea de un texto adaptable para la representación escénica, ya que no hay ningún desplazamiento de los personajes por fuera del palacio de Herodes Antipas, y la acción, al mejor estilo de la tragedia griega, está matizada por una reflexión continua del círculo político familiar y del destino, de modo que hay una tensión permanente entre lo que piensan y dicen los personajes y lo que podría pasar si dijeran o hicieran algo más.

Las casas se amontonaban en su base, dentro del cerco de un muro que ondulaba siguiendo las desigualdades del terreno; y por un camino en zigzag tallado en la roca, la ciudad se unía a la fortaleza, cuyas murallas tenían ciento veinte codos de altura, con numerosos ángulos, almenas en los bordes y de trecho en trecho torres que eran como florones de aquella corona de piedra suspendida sobre el abismo.

Con este párrafo empieza la primera parte del relato que luego hace una relación de los orígenes de Ioakannan (Juan el Bautista) y el desamor de Antipas por Herodías, recreado en una serie de fuertes discusiones conyugales. Se describe la primera visión de la muchacha en una de las terrazas cercanas al palacio, se habla de la intervención de Fanuel en favor del profeta y se anuncia la llegada inadvertida del procónsul Vitelio.

En la segunda parte se recrea el recibimiento de la comitiva romana, que al parecer coincide con la celebración del cumpleaños de Antipas, y asistimos a una lección histórica de lobby político con las disputas entre fariseos y saduceos por lograr los mejores beneficios del Imperio. Hacia la mitad de esta segunda parte se revela también un hecho importante desde el punto de vista histórico y es el ocultamiento de armas y caballos en galerías secretas del palacio, hecho que alimenta la tensión política entre Herodes y la comitiva de Vitelio. Finaliza con la maldición de Juan el Bautista a propios y visitantes, así como la escena de una visión en la que Antipas observa más de cerca el brazo de la hermosa muchacha de la terraza acompañada por una anciana.

Un gran festín por el cumpleaños de Herodes, alusiones a Jesús y al profeta Elías, en medio del banquete ofrecido a la comitiva, y una retahíla de acusaciones por parte de los fariseos, son los elementos con los que se abre la tercera parte del relato. Aparece Salomé, la bella muchacha cuyo cuerpo ha sido develado sutilmente en los primeros momentos de la historia y se da el desenlace final del relato que termina con la exhibición de la cabeza de Ioakanann, hito histórico de la cultura universal y del cual han surgido grandes obras artísticas, principalmente de la pintura, la música y el teatro.

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