Por G. Leonardo Gómez Marín

Los libros escritos “a cuatro manos” tienen un sello particular, que a veces resulta difícil comprender. No solo por su rareza, también por el desafío que representa conciliar dos horizontes de pensamiento en un propósito común, sea literario o académico, y que hacerlo en conjunto de un valor narrativo importante a ambos textos. Son reconocidas las empresas literarias de Borges y Bioy Casares, así como las de las hermanas Silvina y Victoria Ocampo, Ellery Queen (pseudónimo de Manfred Bennington y Frederick Dannay) o el trabajo de William Burroughs y Jack Kerouac en Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Lo común en dichos libros es que, si bien algunas veces se alcanzan a hacer evidentes las diferencias de prosa y estilo entre ambos autores, todos tienen una coincidencia temporal que permite hablar de un trabajo simultáneo o complementario, condición sine qua non al género de las “cuatro manos”.  

En medio del silencio que pocas veces deja la rutina laboral, el pasado fin de semana, con lunes de ocio festivo, pude releer con mayor goce el libro Oír somos río, a cuya presentación pude asistir en 2019 en el bar El Guanábano, y que el colectivo de Universo Centro tuvo a bien divulgar. Con este libro, escrito por mi amiga Velia Vidal y la alemana Godula Buchholz, ocurre algo muy particular y es que, tanto en la forma como en el fondo, la literatura consigue conciliar varios asuntos aparentemente disímiles y dejar en el lector la sensación de un texto único, cuyas palabras están tan entrelazadas que es difícil pensar en su supervivencia como relatos independientes. 

El primero de esos asuntos es la condición cultural y humana de ambas mujeres: Velia es una poderosa brisa de mar pacífico, que como un murmullo de cantaora se adentra en la selva de la vida y deja huella en los lugares y personas que hemos tenido la fortuna de estar en su camino; tiene una capacidad de trabajo insuperable, de lo cual da cuenta su paso por la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín en dos o tres versiones, la gestión comercial del periódico Universo Centro durante un buen tiempo y su apuesta cultural más reciente, la Fiesta de la Escritura y la Lectura del Chocó – FLECHO con la Corporación Motete, así como la participación en eventos de promoción de lectura con figuras de la talla de Chimamanda Adichie. De Godula Buchholz, una mujer que toda la vida ha estado rodeada de libros y obras de arte, existen algunas referencias en internet, pero la faceta que más nos interesa la descubrimos por las cartas que Velia le envía y por lo que en sus escritos da cuenta de la estadía en Colombia y en particular del viaje realizado en 1952 por el río San Juan. Las dos fotografías que acompañan su “lado” en el libro nos dejan ver a una mujer tranquila, algo tímida o por lo menos muy reservada, que intenta dibujar una sonrisa bajo el sombrero de alas anchas y adornado por el vestuario de exploradora que le protege hasta el cuello. Y lo maravilloso del texto es que al final uno queda con la sensación de que el viaje más importante no es el viaje físico que cada una describe, sino el viaje literario que “sampa” al lector en una embarcación hecha de imágenes y recuerdos para adentrarse en los caminos del agua que permean las selvas del Chocó.   

El segundo aspecto que llama la atención en este libro es la diagramación del mismo, que permite hacer de la lectura un verdadero juego de palabras e imágenes. Empezando por el palíndromo Somos que da título al libro y abraza generosamente el verbo Oír y el sujeto Río. Al decir de Cote Lamus, citado por Velia, el Chocó es “un cuerpo de negro lanceado por las armas fluviales de las lluvias y los ríos” y lo único que sostiene a sus gentes es la belleza. Una belleza auténtica que se lee en el paisaje y en los niños, quienes en medio de todas las carencias y el olvido al que los hemos sometido, se reúnen alegremente en las tardes para escuchar las historias que promueve el proyecto Selva de letras. Bello es también el libro, los tonos verde y azul de la fuente escogida por los editores, así como el difuminado sutil en las márgenes, dan cuenta de esa búsqueda por conciliar el mar y el río, el agua y la tierra, la selva y el cielo; por juntar la voz de dos mujeres que ni siquiera se conocen, que están la una en Bahía Solano y la otra en München, y donde la una podría ser perfectamente la abuela de la otra.  

Llama la atención que las cartas de Velia, a diferencia del diario de Godula, no están acompañadas de fotografías; en su defecto hay siete recuadros con una trama de líneas azules, como las que brillan a contraluz en las carátulas y que dan la sensación de un movimiento leve, como de aguas calmas. Y la razón no es otra que las circunstancias en las que en el 2017 hacía mi amiga su viaje, pues en Docordó, uno de los tantos pueblos cuyo nombre termina en “dó”, que significa río, le explicaron muy bien por qué no debía andar con una cámara fotográfica ya que en aquellas aguas no se sabe si quien comparte tu asiento en la lancha es alguien del ELN, es un paramilitar, es de una banda de narcotraficantes o es alguien del Ejército Nacional. Las fotografías de Godula son un registro etnográfico y antropológico muy valioso que permite al lector captar detalles adicionales al recuento más o menos minucioso que hizo la joven alemana de su recorrido entre Quibdó y Buenaventura, pasando por Yuto, Tadó, Noanamá, Itsmina y Bebedó, entre otros de los caseríos que en ese momento alumbraban las orillas del río San Juan. 

Amén de las formas narrativas de ambas autoras (fragmentos de diario, cartas, narración descriptiva, diálogos y poemas), son dos visiones de un territorio, dos voces que conjugan el habla y la lectura como fuentes inagotables de la literatura universal. En tal sentido, no es gratuito que el Oír somos, escrito por Velia, hable precisamente de las voces internas que la habitan como mujer negra, mujer Embera, mujer mestiza; al tiempo que el Somos río es la reconstrucción realizada por Godula a partir de sus fotografías, donde nos habla de los cantos, el vestuario, las comidas, los ritmos, rostros y expresiones de las personas que aún hoy impresionarían a cualquier jovencita de diecisiete años, que recién termina su bachillerato en el Liceo Francés de Bogotá y en ausencia de su padre, el galerista y librero Karl Buchholz, decide irse de vacaciones con su amiga Ann Osborn al Chocó. 

El otro aspecto que capta la atención del lector y determina, de algún modo, el leitmotiv de esta obra es la diferencia temporal entre los diarios y recuerdos de Godula respecto a las dos cartas de Velia. Bien lo dice la chocoana en su misiva de agosto de 2019: “Setenta años después de tu viaje y del de Cote Lams, luego de mis viajes y la posibilidad de irme y volver, de mi vida entera como chocoana, que es en suma la de mi familia, que ya era de estas tierras cuando ustedes vinieron de viaje, el rostro del Chocó es casi el mismo”. 

Esa última frase es devastadora, es el punto de encuentro entre las autoras y, al mismo tiempo, el encuentro entre el lector y el libro. Es el golpe contundente, el “puñetazo” del que hablaba Cortázar cuando se refería a los rasgos de un buen relato. Sólo que, en este libro, mezcla de crónica y relato de viaje, la realidad supera ampliamente la ficción y quienes hemos estado en cualquiera de los pueblos cuya vista da al mar pacífico o “mar del sur”, sabemos que es así, que no solo las cosas están iguales, sino que pueden ser peores a lo que eran hace setenta años. Que casi la mitad de los municipios del Chocó no tienen interconexión eléctrica, que las cifras de analfabetismo doblan las estadísticas nacionales, que los colonos insisten en sacarle más oro a esa tierra mil veces lavada y aunque una gran parte del territorio haya sido reconocido como tierras colectivas afro o indígenas, los grupos paramilitares y los carteles de la droga no entienden ni quieren entender de derechos y principios, y acentúan cada vez más la disputa por el dominio de sus múltiples ríos. 

Sin embargo, cada aliento de vida allí es belleza, “belleza pura”, como dice una de las autoras. Y tal vez es por eso que la estructura narrativa de este libro maravillosamente raro, es que no parece tener fin, pues al girar la última página de la segunda carta de Velia no se encuentra una contra carátula, se encuentra la carátula que abre el texto de Godula y este efecto se repite y se repite como las olas que empuja el mar, de modo que parece un libro interminable, un paraíso en el ideal de la lectura infinita, un baile continuo e inacabado. Al fin de cuentas, cuando “el sol hace brillar desde lejos el verde que la selva moja”, como dice Velia, mientras narra un irreal encuentro con Godula, durante una noche de fiesta en el pueblo de Noanamá, lo único que queda es escuchar el canto de las voces o el de las músicas de aquellas tierras bañadas de río. Y bailar, bailar gritando con alegría o con melancolía, mientras el ritmo de tamboras, redoblantes y clarinetes retumba para decirle al mundo “El pueblo no se rinde carajo” y ¡Que viva el Chocó! 

Un comentario en “La música que es el Chocó

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